Cuando las temperaturas se disparan en pleno verano, las recomendaciones institucionales se repiten en todos los medios: permanecer en espacios climatizados, hidratarse bien, bajar las persianas para mantener la casa fresca y evitar salir durante las horas centrales del día. Sin embargo, para miles de personas, seguir estos consejos resulta del todo imposible. Lejos del mito de que el buen tiempo mitiga la dureza de la vida a la intemperie, los meses estivales recrudecen la vulnerabilidad de quienes no tienen un hogar.
Según los últimos datos de Arrels Fundació, la realidad del sinhogarismo en ciudades como Barcelona adquiere una dimensión crítica con el calor extremo. A la falta de una vivienda se le suma la imposibilidad de acceder a ventiladores, aire acondicionado o algo tan básico para la higiene y la salud como una ducha de agua fría. Además, durante el verano, un buen número de recursos de atención social específicos reducen sus horarios o cierran por vacaciones, agravando el desamparo de este colectivo.
Imposibilidad de descanso y estrés permanente
Vivir en la intemperie implica dificultades diarias para cubrir las necesidades fisiológicas más elementales, siendo el descanso la más afectada. Según el informe Vivir en la calle en Barcelona, un 58% de las personas en situación de calle declara tener graves dificultades para encontrar un lugar cubierto donde resguardarse y descansar durante el día.
Al agotamiento físico derivado de recorrer largas distancias a pie cargando con sus pertenencias, se le suma un estrés psicológico crónico e ininterrumpido. La calle no ofrece ningún espacio de privacidad ni seguridad:
Estado de alerta constante: La imposibilidad de conciliar el sueño por miedo a sufrir robos o agresiones impide cualquier tipo de descanso mental.
Interrupciones continuas: Una de cada dos personas afirma haber sido despertada de forma brusca por la intervención de los servicios de limpieza o de la Guardia Urbana.
Desplazamientos forzados: Cuatro de cada diez personas han sido obligadas a abandonar su lugar de pernocta, fragmentando sus rutinas, provocando la pérdida de enseres y rompiendo el seguimiento con los equipos sociales.
Esta inestabilidad empuja a muchas personas a buscar zonas aisladas para intentar dormir, lo que incrementa su invisibilidad y las aleja de la red asistencial.
Refugios inaccesibles
Las redes de Refugios Climáticos en bibliotecas o centros cívicos no siempre se adecúan a este colectivo: suelen carecer de personal preparado para gestionar realidades complejas y sufren un importante parón estival. En agosto, cuando el calor alcanza sus picos más altos, tan solo permanece abierto cerca del 48% de toda la red.
A esta falta de recursos se une la vía punitiva. Actos tan elementales como refrescarse o lavarse en una fuente pública chocan con las ordenanzas de civismo: tres de cada diez personas han sido sancionadas por intentar garantizar su propia supervivencia.
Respuestas urgentes
Las personas sin hogar son las primeras víctimas de los fenómenos meteorológicos extremos. Ante esta vulneración de derechos, resulta imprescindible articular medidas políticas y sociales concretas. Para Arrels Fundació, las demandas prioritarias serían:
A corto plazo: Apertura de refugios climáticos de baja exigencia en cada barrio adaptados a las personas en situación de calle, ampliación de servicios higiénicos y de consigna, e intensificación de las rutas de seguimiento de salud.
A medio plazo: Descriminalización en las ordenanzas municipales de las acciones de supervivencia, garantía de acceso a una vivienda estable con apoyos flexibles y coordinación entre las áreas de Servicios Sociales, Vivienda y Salud.
Garantizar un espacio de sombra, agua potable y un descanso digno en verano no es una cuestión de caridad, sino una exigencia básica de justicia social y derechos humanos.
Más información:
www.arrelsfundacio.org














































