Hatim Azahri Akhnous acaba de ser distinguido con el Premio Princesa de Girona Social 2026 por algo que parece sencillo pero es extraordinario: saber escuchar a su comunidad y convertir esas necesidades en proyectos reales. Fundador de la Associació Joves Units del Poble-sec, Hatim representa a una nueva generación de líderes que no espera a que las cosas pasen, sino que las impulsa. Desde el deporte y el trabajo en red, ha demostrado que el talento y el emprendimiento son motores capaces de transformar el entorno y abrir puertas donde antes no las había. Conectamos con él para entender cómo se construye talento cuando el contexto no lo pone fácil, y qué pueden aprender de ello jóvenes, líderes y organizaciones.

  1. El Premio Princesa de Girona Social reconoce proyectos con impacto y liderazgo joven. ¿Qué parte de tu forma de trabajar crees que ha sido más innovadora y refleja mejor ese talento emprendedor que el jurado ha querido destacar?

Lo innovador en mi forma de trabajar ha sido la forma de mirar el barrio. Muchas veces los jóvenes de determinados contextos son observados desde la carencia, qué les falta, qué problema representan, qué riesgo encarnan. Yo siempre quise invertir esa lógica, cambiar ese imaginario limitante, construyendo una nueva narrativa sobre la juventud de nuestro territorio, a través del discurso, pero sobre todo a través de acciones y reivindicaciones.

La innovación, si se le puede llamar así, ha sido trabajar desde una idea sencilla, pero poco habitual, los jóvenes no son un problema a gestionar, sino un potencial lleno de talento y posibilidades que se debe activar. Cuando cambias esa premisa, cambia todo: el lenguaje, la relación con las instituciones, el diseño de los espacios, las expectativas colectivas.

Mi trabajo ha consistido en construir puentes muy concretos entre mundos que normalmente no se escuchan bien: la calle y la administración, la experiencia vivida y el procedimiento técnico, la urgencia social y el ritmo institucional. Ahí es donde se produce la verdadera innovación social, generando encuentros y escenarios improbables donde se sientan en un mismo espacio la realidad juvenil tan diversa del territorio, con las máximas autoridades de la administración pública, para hablar, intercambiar ideas, observaciones y sobre todo mejorar nuestro querido barrio el Poble-Sec.

  • Tu iniciativa nace desde el territorio y responde a necesidades muy concretas del barrio. ¿En qué momento decidiste pasar de la preocupación a la acción y convertir esa inquietud en proyecto?

Hubo un punto de inflexión muy claro. No fue un momento extraordinario ni una revelación repentina, sino una incomodidad constante que se repetía una y otra vez. Veía a jóvenes con talento, con iniciativa, con una energía enorme, creciendo en un entorno que no les ofrecía ni las mismas oportunidades ni el reconocimiento que merecían. Lo más preocupante no era solo la escasez de recursos, sino cómo esa desigualdad terminaba percibiéndose como algo normal, casi inevitable.

En ese proceso entendí algo fundamental: la preocupación, por sí sola, no transforma nada. Preocuparse puede calmar la conciencia, pero no altera la realidad. El cambio real comenzó cuando asumí una idea tan simple como contundente, nadie iba a venir a cambiar las cosas por nosotros.

La asociación nació precisamente desde esa convicción. No desde el idealismo, sino desde la responsabilidad y la necesidad. Desde la certeza de que, si el barrio no generaba ciertos espacios, ciertas dinámicas o ciertas oportunidades, tendríamos que empezar a crearlas nosotros mismos. Con recursos limitados, con dudas, con errores, pero también con determinación, trabajo constante y una confianza profunda en el potencial de nuestra propia comunidad.

  • Has impulsado espacios como el gimnasio popular y la recuperación de zonas comunitarias; ¿qué tiene que pasar para que un lugar se convierta en un entorno donde los jóvenes descubren de lo que son capaces?

Un espacio no transforma por el simple hecho de existir. Una plaza, un gimnasio o una zona deportiva pueden quedar reducidos a mero mobiliario urbano si no sucede algo más significativo. Para que un lugar tenga un impacto real en la vida de los jóvenes, debe convertirse en un entorno de experiencia, en un escenario donde ocurran procesos personales y colectivos. Debe ofrecer, al menos, tres condiciones esenciales que no siempre están garantizadas: seguridad, pertenencia y posibilidad.

Seguridad para estar sin sentirse observado, cuestionado o desplazado. Pertenencia para sentir que el espacio también les corresponde, que pueden habitarlo con legitimidad. Posibilidad para explorar capacidades, talentos y fortalezas que muchas veces permanecen invisibles o no reconocidas.

Cuando un joven se enfrenta a un desafío, sea físico, creativo o grupal, y descubre que puede sostenerlo o superarlo, el cambio va mucho más allá de la destreza o el rendimiento. Lo que se modifica es su propia percepción, la forma en que se interpreta a sí mismo y sus límites. Se reconfigura su narrativa interna, es un cambio profundamente estructural, porque afecta a la base desde la cual una persona se posiciona en el mundo, en sus expectativas y en sus decisiones futuras.

  • Emprender exige saber gestionar y tener estrategia; ¿Cómo profesionalizaste la asociación sin perder su esencia comunitaria?

Siempre he defendido que lo comunitario y lo profesional no son realidades opuestas. El verdadero riesgo no está en profesionalizar, sino en vaciar de sentido lo que hacemos. Profesionalizar no debería significar enfriar los vínculos ni sustituir la implicación por procedimientos, debería significar, más bien, dotar de rigor, coherencia y responsabilidad a las prácticas colectivas.

Para nosotros, profesionalizar ha sido aprender a ser rigurosos sin dejar de ser profundamente cercanos. Cumplir compromisos, sostener acuerdos, documentar procesos y saber dialogar con los marcos institucionales cuando es necesario, pero sin abandonar la lógica que da origen al proyecto: la proximidad, la asamblea, la escucha directa y la vida cotidiana del barrio.

Nuestra estructura se sostiene, además, sobre una decisión clara y consciente: todas las personas que forman parte de la asociación participan de manera voluntaria. Nadie percibe remuneración económica, ni la entidad depende de subvenciones públicas. Este no es un detalle menor, sino un posicionamiento que define nuestra manera de entender el compromiso colectivo.

Cualquier necesidad, actividad o iniciativa se hace posible a través de la autogestión, organizando eventos deportivos, impulsando actividades comunitarias o colaborando con otras entidades del territorio. No se trata únicamente de una fórmula de sostenibilidad, sino de una manera de preservar la autonomía, la horizontalidad y el sentido de pertenencia.

La esencia comunitaria no se pierde por incorporar estrategia, organización o planificación. Se pierde cuando se rompe el vínculo con la realidad concreta de las personas, cuando el proyecto deja de ser vivido como algo cercano, útil y reconocible. Mientras la asociación siga siendo percibida por jóvenes y vecinos como un espacio propio, vivo y significativo, el rigor organizativo y la estructura no representan una amenaza, sino una herramienta al servicio de lo colectivo.

  • Llevas desde 2019 como presidente y fundador de la Associació Joves Units del Poble-sec, ¿cuáles consideras que han sido tus tres competencias clave para sostener y hacer crecer el proyecto?

Más que de competencias formales, hablaría de disposiciones internas que han resultado decisivas en el recorrido.

La primera ha sido la persistencia. Los procesos comunitarios son largos, atravesados por fricciones, interrupciones, retrocesos y obstáculos que muchas veces ni siquiera son visibles. Sin una constancia sostenida, casi obstinada, los proyectos se diluyen antes de generar impacto real.

La segunda ha sido la capacidad de traducir. Traducir no solo lenguajes, sino también marcos de sentido, expectativas y formas de interpretar la realidad. Comprender cómo piensa una persona joven, cómo opera una institución, cómo se gestionan los tiempos administrativos y cómo se construyen consensos entre actores que, en principio, no comparten ni prioridades ni lógicas.

La tercera ha sido proteger una idea que ha funcionado como brújula: la dignidad como eje central. No intervenir desde la compasión ni desde el asistencialismo, sino desde el reconocimiento, la corresponsabilidad y la exigencia compartida. Este enfoque modifica profundamente las relaciones, las expectativas y el tipo de vínculo que se construye con el territorio.

A estas disposiciones se suma una dimensión que ha resultado igualmente central, la visión estratégica. No basta con tener iniciativas o intuiciones acertadas, es imprescindible saber orientar los esfuerzos hacia objetivos claros mediante estrategias coherentes y sostenibles en el tiempo. Pensar en términos de continuidad, viabilidad y acumulación de impacto.

Esta mirada estratégica ha implicado también la construcción deliberada de alianzas a diferentes escalas — locales, municipales e incluso estatales — entendiendo que la transformación territorial no depende únicamente de la acción directa, sino también de la capacidad de generar redes, interlocuciones y legitimidad pública.

A medida que una entidad gana proyección y reconocimiento, ciertos procesos se vuelven más viables. La lectura que las instituciones, los agentes del territorio o la propia comunidad hacen de la organización — e incluso de mi propia figura — no es un elemento anecdótico, sino un factor que puede facilitar, desbloquear o acelerar dinámicas de cambio.

Por eso, una parte fundamental del trabajo ha consistido en la construcción de estrategias compartidas: marcos de acción donde intereses diversos puedan articularse sin diluirse, generando acuerdos operativos y horizontes comunes.

  • Tu labor mejora la convivencia en las calles; ¿de qué manera ayuda un barrio unido y sin conflictos a que la economía y los comercios de la zona funcionen mejor?

La convivencia no es únicamente una cuestión ética o relacional, funciona también como una forma de infraestructura económica invisible. No suele aparecer en los balances ni en los indicadores clásicos, pero condiciona de manera directa la vitalidad de un territorio.

Un barrio en el que las personas se sienten cómodas, seguras y vinculadas es, inevitablemente, un barrio más activo. La vida cotidiana en el espacio público, la permanencia, la interacción, la confianza entre desconocidos, genera un ecosistema social que sostiene múltiples dinámicas económicas. La economía de proximidad, en gran medida, se alimenta de esa densidad relacional, de los flujos humanos, de la repetición de rutinas, de la familiaridad que convierte un entorno en algo habitable. Cuando se reducen tensiones, miedos o distancias simbólicas entre grupos, no solo mejora el clima social. Se fortalecen condiciones básicas para la actividad económica local, mayor uso del comercio, más circulación peatonal, más apropiación del espacio y, en consecuencia, mayor estabilidad para los actores del barrio.

  • Muchos jóvenes quieren cambiar su entorno, pero no saben por dónde empezar. ¿Cuál sería tu consejo práctico y urgente para empezar?

Esperar a tenerlo todo claro suele ser una trampa. Esperar a disponer de recursos, otra aún más paralizante. La transformación social casi nunca arranca en escenarios ideales ni bajo certezas absolutas, comienza, la mayoría de las veces, en contextos de incertidumbre, precariedad y ambigüedad.

Por eso, el consejo no puede ser prudente ni excesivamente teórico, simplemente empieza a caminar. Empieza pequeño si es necesario, pero empieza ya. Reúne a unas pocas personas, define un objetivo concreto y construye una primera acción que tenga presencia real, que pueda ser vivida, observada y compartida. Las dinámicas colectivas no se activan desde la perfección, sino desde el movimiento.

Lo modesto, cuando es sostenido en el tiempo, tiene una capacidad transformadora que suele ser subestimada. La escala inicial importa menos que la continuidad, la coherencia y la persistencia. La diferencia entre una idea y un proyecto no reside en el talento ni en la inspiración, sino en algo mucho menos visible y mucho más decisivo, que es la ejecución perseverante. Es ahí donde se separan las intuiciones pasajeras de los procesos que realmente logran alterar la realidad.

  • Colaboras con ayuntamientos, fundaciones…; ¿qué mensaje darías a quienes tienen recursos o influencia, pero no invierten lo suficiente en talento joven y proyectos sociales?

Invertir en el talento joven no es un gesto altruista ni una concesión simbólica, es una decisión estratégica con efectos directos sobre el presente y el futuro de cualquier sociedad. Cada oportunidad que hoy no se genera, cada capacidad que se desaprovecha o cada trayectoria que se bloquea termina traduciéndose, inevitablemente, en mayores costes sociales, económicos e institucionales. No se trata únicamente de una cuestión de justicia o equidad, sino de sostenibilidad colectiva. Las sociedades que no activan el potencial de sus generaciones más jóvenes comprometen su propia capacidad de innovación, cohesión y resiliencia. Confiar en la juventud significa confiar en la posibilidad de renovación social, en la capacidad de una comunidad para reinterpretarse, adaptarse y regenerarse. Es reconocer que el cambio, lejos de ser una amenaza, es una condición inherente a cualquier estructura social viva.

  • Ahora que tienes este premio nacional, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Vas a ampliar el proyecto, llevarlo a otras ciudades o hacerlo más grande?

El objetivo no es crecer en visibilidad, sino en solidez e impacto. Más que expandirse, la prioridad es consolidar lo construido, fortalecer las estructuras internas y garantizar la sostenibilidad de los procesos en el tiempo. Y si los modelos o prácticas se replican, hacerlo desde el respeto a las dinámicas propias de cada territorio.

Escalar no significa copiar, sino adaptar sin traicionar la esencia. Cada barrio, cada comunidad y cada contexto institucional poseen equilibrios, tensiones y códigos distintos que no admiten soluciones mecánicas. El trabajo sigue anclado, ante todo, en el Poble-Sec de Barcelona, un territorio que no es solo un espacio de intervención, sino un marco vital y relacional. La aspiración no es únicamente desarrollar proyectos, sino contribuir a modificar imaginarios: inspirar a más jóvenes a ir más allá de las expectativas que muchas veces les son impuestas o internalizadas, y disputar la narrativa que reduce la juventud a problema o estadística. Esto implica, inevitablemente, una dimensión política en el sentido más amplio del término: promover un marco en el que la juventud sea reconocida como una prioridad real en las agendas públicas y en los espacios donde se toman decisiones.

En esa misma lógica se sitúa la construcción de herramientas que fortalezcan el tejido comunitario. El desarrollo de una plataforma digital capaz de conectar ciudadanía y entidades del tercer sector no responde únicamente a una innovación tecnológica, sino a una convicción democrática, la participación ciudadana no es un complemento del sistema social, sino una de sus bases fundamentales. Es el mecanismo que sostiene la vida colectiva, la corresponsabilidad y la propia vitalidad del modelo democrático.

  1. El premio no solo reconoce tu trabajo, también te sitúa como referente. ¿Cómo gestionas esta nueva responsabilidad?

Intento vivirlo con serenidad. Los premios pueden aportar visibilidad y reconocimiento, pero no deberían alterar la naturaleza del trabajo ni desviar su sentido. La acción comunitaria es, por definición, colectiva y profundamente cotidiana. No se sostiene en gestos extraordinarios, sino en la constancia, los vínculos y la presencia continuada en la realidad del territorio.

Ser considerado un referente no implica ocupar un lugar simbólico ni un pedestal, sino asumir una responsabilidad mayor. Responsabilidad en la coherencia, en la ética de las decisiones, en el cuidado de los procesos y, sobre todo, en el respeto hacia las personas que forman parte de ellos. Asumo los desafíos y las oportunidades que puedan derivarse de ese reconocimiento. Los cambios significativos nunca son inmediatos ni exentos de costes; exigen esfuerzo, renuncias y una implicación sostenida. Como he señalado en otras ocasiones, esperar que las transformaciones lleguen desde fuera es una forma silenciosa de inmovilismo. Nadie vendrá a construir por nosotros las realidades que necesitamos.

El compromiso pasa por trabajar activamente para que aquello que hoy puede parecer una aspiración lejana o incluso una utopía adquiera forma concreta. La transformación social no nace de la expectativa, sino de la acción persistente capaz de convertir horizontes imaginados en realidades tangibles y estructuralmente transformadoras.

  1. ¿Qué mensaje te gustaría dejar a quienes leen Komunica y sienten que tienen ganas de hacer algo, pero aún no se han atrevido?

La transformación social no comienza cuando desaparece el miedo, sino cuando uno decide que el miedo no va a gobernar sus decisiones. La incertidumbre, la duda o la resistencia forman parte inevitable de cualquier proceso de cambio, lo decisivo es la posición que adoptamos frente a ellas.

No es necesario ser extraordinario. Basta con ser constante, actuar con honestidad y comprometerse con algo que trascienda lo estrictamente individual. Los cambios más profundos rara vez emergen de gestos grandilocuentes, más bien suelen nacer de acciones pequeñas, sostenidas en el tiempo y cargadas de sentido.

Los barrios, las ciudades y las sociedades no se transforman únicamente mediante discursos inspiradores, sino a través de personas que, en algún momento, deciden implicarse de manera activa en la realidad que comparten. Y esa implicación comienza mucho antes de cualquier gran proyecto. Empieza en lo cotidiano, en el lenguaje que utilizamos, en los modales, en la forma en que nos relacionamos con quienes nos rodean. No conviene subestimar los pequeños gestos ni las acciones aparentemente insignificantes. Las grandes transformaciones no son acontecimientos súbitos, sino el resultado acumulado de muchas decisiones discretas, repetidas y sostenidas.