Josep Arregui Dalmases

Especialista en transformación educativa. Licenciado en Psicología (col. 17673) por la UOC y Máster en Inteligencia Emocional por la Universidad de Barcelona.

@jarreguid__j.arregui.dalmases@gmail.com

“La escuela debería de ser un lugar donde los estudiantes se preparen para un mundo incierto, volátil y muy cambiante”

 

Transformando la educación (1)

Educar nunca ha sido fácil, pero muchos de los elementos en los que ha consistido siempre eran predecibles, cambiaban poco y, si seguías un cierto camino trazado, tenías muchas posibilidades de conseguir el “éxito”, sobre todo profesional; el personal siempre ha sido más complicado.

Educar, de todas formas, supone modificar los procesos mentales de las personas y, por lo tanto, modificar el comportamiento. Estas modificaciones se realizan de una manera totalmente intencionada, eso sí, por el bien de los estudiantes; procurando que se puedan adaptar a un entorno sociocultural determinado.

A la modificación de los procesos mentales le ha surgido un importante aliado en los últimos años: la ciencia. Los avances en este campo y las técnicas de neuroimagen, como la resonancia magnética funcional (RMf), han permitido saber mucho más de lo que sabíamos respecto al funcionamiento del cerebro y, en consecuencia, de cómo aprende, cómo puede desaprender y qué estructuras participan en la memorización de los aprendizajes. Identificar qué aspectos favorecen las estructuras y conexiones cerebrales, para consolidar el recuerdo, es fundamental para aprender de manera definitiva, y no solo para superar pruebas que se olvidan en espacio de tiempo muy breve.

La neurociencia educativa está llevando al aula la posibilidad de añadir a la psicología (procesos mentales) y la pedagogía (metodologías y prácticas educativas), los conocimientos del cerebro que permitan saber cómo funciona mejor el proceso de enseñanza-aprendizaje. Y, especialmente, qué aspectos pueden ser introducidos en la práctica de clase para que esta información sea útil; no solo para la adquisición de conocimientos y resultados académicos, sino para que las personas, que van a dedicar muchos años de su vida a estudiar, disfruten con lo que hacen y se preparen para lo que les espera en el mundo actual: y en un, más que probable, futuro mucho más exigente, cambiante y que demande creatividad, iniciativa, entusiasmo y una gran capacidad de gestión de las emociones, elemento claro para saber gestionar la vida. Eso, sí sería un “éxito” de verdad.

La neurociencia no aporta, todavía, respuestas definitivas sobre el conocimiento del cerebro y cómo funciona en la mayoría de los procesos mentales, pero cada vez es más precisa sobre la génesis y construcción del conocimiento, la memoria, las emociones, las percepciones, la intuición y el papel que determinadas estructuras cerebrales, como el hipocampo, la amígdala o la corteza cerebral prefrontal, influyen en el proceso de aprendizaje-enseñanza.

Ya hay muchas escuelas que se están replanteando sus objetivos como centro educativo y adaptando los currículos, los sistemas de evaluación o las praxis de aula, para que tengan sentido desde el punto de vista neuro. Esto lo realizan por propia iniciativa; con el avance en el conocimiento de la mente y sabiendo que, como indican las investigaciones científicas, el cerebro de los estudiantes cambia, en el proceso de aprendizaje, en su anatomía, su fisiología, su física y su química. Todo ello supone que no se puede dejar pasar el tiempo; no se puede esperar a que el sistema educativo cambie y se adapte, ya que el cerebro de niños, niñas y jóvenes es demasiado valioso como para esperar un día más sin un método que optimice su funcionamiento y, sobre todo, que le haga disfrutar del aprendizaje.

Con toda seguridad, los centros educativos y los equipos de maestros y profesores van a tener que seguir creando sus itinerarios de transformación, decidiendo qué metodologías son más adecuadas para su entorno. Lo que vemos en el mundo actual es que, justamente, todo varía; se adapta a la diferencia y se reinventa cada día. En este contexto, el aprendizaje globalizado permite dar sentido a una educación diferente y adaptada a cada centro, ofreciendo a los estudiantes el estímulo de una formación que potencia sus capacidades y competencias, y se aleja de una educación uniforme, repetitiva y memorística.

El cerebro, aunque nos lo hayan dicho muchas veces, no está parcelado en áreas que trabajan de manera independiente. Hacer llegar al estudiante contenidos de aprendizaje contextualizados y holísticos, como la cultura de pensamiento, los proyectos, los centros de interés o el aprendizaje-servicio, donde se da más protagonismo a los alumnos, es mucho más efectivo para que conserven en sus memorias el aprendizaje. Además, estas prácticas son válidas para todos los aspectos de la vida, no solo para el académico.

El aprendizaje globalizado se desarrolla de una manera activa, donde los estudiantes participan en interacción con sus iguales; ayudan y son ayudados, potenciando, así, el pensamiento de una manera crítica en un entorno que tenga sentido, que sea útil para la vida real. Esto hace que el papel del docente se convierta en un facilitador de contextos de aprendizaje, impulsando al estudiante a que piense y, para ello, es conveniente crear situaciones que combinen el autoaprendizaje con la cooperación, donde el cerebro social se desarrolle de manera satisfactoria. Sin atención, sin curiosidad, sin novedad… no hay motivación, ni emoción, ni aprendizaje.

Ante la pregunta de si los docentes deben convertirse en expertos en neurociencia para realizar bien su trabajo, la respuesta es, evidentemente, NO. Pero que los profesionales de la educación sean capaces de aplicar el conocimiento del funcionamiento cerebral, para mejorar sus prácticas, es un aspecto que puede enriquecer las experiencias de aprendizaje de los alumnos.

En este sentido, y por poner algunos ejemplos, los siguientes elementos son claves para entender los mecanismos cerebrales que participan en el proceso de enseñanza-aprendizaje y mejoran la consolidación del aprendizaje en la memoria, permitiendo una mejor recuperación:

  • El cerebro se construye sin parar, se sustenta en la plasticidad neuronal, o capacidad de aprender de cada experiencia y crear y modificar conexiones neuronales. Ello nos permite ver la educación como una oportunidad permanente de crecimiento y mejora.
  • Tenemos una influencia genética indudable, pero las conexiones neuronales del sistema nervioso dan el funcionamiento a las neuronas. Una educación que estimula la creación de conexiones mejora el aprendizaje y la consolidación del recuerdo.
  • Las conexiones que el cerebro consolida mejor son aquellas que incorporan aspectos emocionales, ya que estas se relacionan directamente con la supervivencia, elemento prioritario para el cerebro. Incorporar, en las estrategias educativas, la generación de emociones hará el aprendizaje más significativo.
  • Las funciones ejecutivas de más alto nivel se llevan a cabo en la corteza prefrontal del cerebro, y orientar la práctica educativa a la potenciación de estas funciones, dará como resultado una mayor eficacia en el aprendizaje.
  • La creatividad forma parte de nuestra especie, también está en la corteza cerebral, y está muy relacionada con las emociones y la motivación. Se es creativo si se quiere ser y, para ello, hay que crear el contexto adecuado en el aula; más flexible y abierto, donde los elementos del mundo actual estén presentes, como la ambigüedad, el cambio, la incertidumbre, la volatilidad.
  • El estrés crónico es el enemigo número uno del aprendizaje, y el principal aliado es el placer por aprender, por compartir con los iguales, por descubrir. El aula ha de estar llena de retos y buenos ejemplos, y vacío de miedos, amenazas y desmotivaciones.
  • La atención es un elemento fundamental e imprescindible para aprender. Demandamos la atención de los estudiantes, pero, para conseguirla, hemos de crear el clima adecuado en el aula. Es necesario trabajar con elementos curiosos, novedades, retos, conexiones emocionales; y educar en la motivación de los alumnos.
  • El cerebro se desarrolla de manera diferente durante todo el proceso educativo. En la escuela, hemos de saber; primero, cuándo el cerebro de los alumnos está “maduro” para recibir un determinado conocimiento. Y segundo, cómo evoluciona el cerebro y cómo podemos orientar la práctica pedagógica en cada etapa madurativa.
  • El cerebro es más social que individual y no está parcelado en áreas especializadas que funcionan de forma independiente. El aprendizaje globalizado es más eficiente para la consecución de resultados, tanto académicos como de satisfacción y bienestar de los estudiantes, y, en consecuencia, también de los educadores.
  • Los auténticos deberes con los que tiene que aparecer el alumno al día siguiente son: alimentarse de manera sana, realizar ejercicio físico frecuente, realizar un sueño reparador durante la noche y estar en contacto con emociones positivas. Estos elementos preparan al cerebro y a la persona para estar en condiciones óptimas de seguir aprendiendo.

Los nuevos tiempos demandan cambios que pueden parecer saltos al vacío, pero el cerebro no puede esperar. A medida que se va construyendo, se afianza una manera de aprender, una manera de procesar los pensamientos, de entender la vida. Mientras muchos países aún se están planteando cambiar las leyes de Educación, el mundo sigue su imparable transformación; introduciendo robots que toman decisiones para la vida de las personas, impresoras 3D, geoingeniería, inteligencia artificial, el internet de las cosas, medicina digital y a distancia. Este mundo va a requerir personas competentes en cosas que se saben y otras que se sabrán más adelante; por lo que, facilitar a los estudiantes las mejores metodologías para que sus cerebros puedan alcanzar el máximo potencial, es una apuesta segura.

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